viernes, 16 de junio de 2017

ERASE UNA VEZ CATALUÑA

Recientemente, en marzo de 2017, el actual presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, en la ponencia que ofrecía en Harvard para explicar el proceso secesionista catalán, parafraseó el emotivo discurso que el genial violinista catalán Pau Casals, pronunció en 1971 en la sede de las Naciones Unidas, cuando esta le condecoraba con la Medalla de la Paz:

«Dejadme que os diga una cosa... Yo soy catalán. Cataluña es hoy una región de España, pero ¿qué fue Cataluña? Cataluña ha sido la nación más grande del mundo. Yo os contaré el por qué. Cataluña tuvo el primer Parlamento, mucho antes que Inglaterra. Y fue en Cataluña donde hubo un principio de las primeras “Naciones Unidas”: en el siglo XI todas las autoridades de Cataluña se reunieron en Toluges —una ciudad que hoy pertenece a Francia pero que antes era de Cataluña— para hablar de paz. Sí, en el siglo XI... Paz en el mundo, porque Cataluña ya estaba contra la guerra, contra aquello que las guerras tienen de inhumano. Sí, en el siglo XI. Esto era Cataluña ...»

Desde luego el mensaje era conmovedor para exaltar los ánimos patrióticos de cualquier catalán, pero en ese discurso no existía una sola verdad más que Cataluña, tanto hoy como entonces, como mucho antes, es una región de España.

Las cortes parlamentarias más antiguas de Europa fueron las Cortes de León , cuando el rey leonés Alfonso IX convocó por vez primera al pueblo llano a participar en las decisiones de la curia regia en 1188, hecho reconocido desde 2013 por la Unesco, nombrando a León «cuna del parlamentarismo». El actual alcalde de León, Antonio Silván, se encargó de recordar este hecho a Puigdemont, invitándole a la ciudad para que lo comprobase él mismo.

Es cierto que las cortes catalanas tienen su origen en aquellas asambleas de Pau i Treva (Paz y Tregua) que desde 1021 se reunían para deliberar y pactar la interrupción de guerras o actos de violencia. Pero ese tipo de reuniones eran comunes en toda Europa, inmersa en las revoluciones feudales de la época, y se organizaban por la iglesia precisamente para paralizar las actividades de inmensa violencia y terror provocadas por la nobleza, en un intento de garantizar sus bienes. Por lo tanto, aquellos territorios no eran nada pacíficos, ni mucho menos esas reuniones en territorio catalán implicaron un principio de la ONU. Los historiadores sitúan el nacimiento de las Cortes Catalanas en la asamblea convocada por el legado pontificio en Lleida, en 1214.

Y para terminar de apuntalar la falta de rigor histórico del discurso, Cataluña por aquel entonces siquiera
existía. La mayor parte de la actual Cataluña estaba en manos de los árabes, y la zona catalana dentro de la Marca Hispánica estaba compuesta por un número de condados dentro del imperio Carolingio que a partir del s. X, con la decadencia del imperio, se irían independizando paulatinamente del poder central, inmersos en guerras civiles entre ellos. Será el conde Ramón Berenguer I a finales de s. XI, quien transfiera en herencia los condados de Barcelona, Gerona y Osona unificados, pero esa unión no duraría mucho tiempo. Ramón Berenguer III consolidará en el s. XII esa unión de condados, apareciendo entonces la referencia documental más antigua a Cataluña, en el documento pisano Liber maiolichinus (1117), en el que se llamaba al conde Dux Catalanensis y catalanicus heros. Su sucesor, Ramón Berenguer IV, ya unió el Condado al Reino de Aragón.

Esto da una idea del problema que actualmente existe en Cataluña. Sencillamente la mayor parte de la población catalana, secesionista o no, vive inmersa en una realidad inventada, en un bello cuento sobre Cataluña. Un cuento que no tiene más de siglo y medio de historia, pero que, como Casals, hoy la mayoría de catalanes tienen asumido.  

Que decir que el viejo maestro Casals creía sin fisuras el relato que contaba, como probablemente el resto de ese bello cuento sobre Cataluña. Como muchos catalanes cultivados de su época (Casals nació en el 1876), estaba influenciado por aquel nacionalismo romántico germano de mediados de s. XIX, basado en mitos, leyendas y en la raza, que acabaría calando ya entrado el s. XX en todas las sociedades europeas, siendo este el precursor de los fascismos que aparecieron después.  

Casals no era un fascista, era un hombre de una bondad extraordinaria, y un comprometido defensor de la paz, la democracia y la libertad. Tampoco era racista, ni siquiera nacionalista. Era un catalanista convencido, amante de su tierra y su cultura, pero sin negar su españolidad, entendiendo Cataluña como lo que era, una región de España. Pero él, como la mayoría de catalanes cultivados de su época, había interiorizado las proclamas y la historia difundidas por ese nacionalismo romántico abrazado por la burguesía industrial catalana, que se erigía orgullosa como el pivote industrializador de una España que entonces languidecía en el arcaísmo de Castilla.

Al maestro Casals le tocó vivir unos tiempos complicados, no solo para España, sino para toda Europa y para el mundo entero. El cambio de siglo estuvo dominado por toda suerte de revoluciones, movimientos obreros, imperialismo y guerras que se extenderían hasta mitad del s. XX, y que mostraron la cara más atroz y cruel del ser humano.

En ese nacionalismo romántico de la época se forjarían en el último tercio del s. XIX algunos Estados-Nación que hoy conforman nuestra vieja Europa, como Alemania, Austria, Italia… y bajo una concepción racista y supremacista del mundo se alienaba a las sociedades en torno a los intereses de una nueva oligarquía industrial europea sobre la que ahora se sustentaba la nación.

El poder industrial se convirtió en una cuestión patriótica. Aquel nacionalismo serviría de excusa para colonizar toda África, en una carrera imperialista en la que participaron todas las potencias industriales de la época, tratando de abastecer de materias primas a su industria. Aquellas élites industriales sacarían de sus fábricas a miles de trabajadores empobrecidos para sacrificarlos en las guerras coloniales, perpetrando a la vez una verdadera masacre en poblaciones africanas.

Cuando a principios de s. XX ya no quedaba nada de África por colonizar, inevitablemente aquellas potencias industriales se lanzaron a la guerra entre ellas. La Primera Guerra Mundial asesinaría a casi 10 millones de combatientes provenientes de las clases trabajadoras, y una cantidad similar de civiles. La guerra solo terminaría cuando aquellos trabajadores se rebelaron contra sus élites, produciendo la revolución bolchevique en 1917 en Rusia, y otra de la misma índole en Alemania.

La España de Casals se libró en gran medida de tan fatales contingencias. España había iniciado en el primer tercio de siglo el proceso revolucionario que la convertiría en un Estado-Nación bajo las corrientes liberales francesas, precursor de las que ocurrirían después en toda Europa, introduciendo al país en distintos procesos constitucionales a lo largo de todo el siglo XIX. Las riquezas del comercio con América la desmotivaron para iniciar el proceso industrializador que se consolidaba en el norte de Europa desde principios de siglo, y la pérdida de las posesiones en America a partir de la segunda mitad, junto con las guerras coloniales, carlistas y con Marruecos, la habían sumido en un periodo de completa decadencia.
Solo País Vasco y Cataluña habían logrado consolidar un proceso industrializador, que aún sin capacidad de competir contra las potencias europeas, sí les permitía abastecer un mercado interno que habían logrado cerrar a la competencia exterior. En el último tercio de s. XIX Cataluña ya se había convertido en la fábrica de España, extendiendo su tejido industrial más allá del tradicional sector algodonero, incluyendo al textil lanero, la alimentación, el papel, y un largo etcétera de manufacturas que copaban todo el mercado español. Y la burguesía catalana, por vez primera en muchos siglos, podía tutear al poder de Castilla, destrozada ahora por las guerras y sin mano de obra joven sacrificada en ellas.

Mientras el presidente Cánovas del Castillo aquejaba con sarcasmo que «son españoles los que no pueden ser otra cosa»,  cuando trataban de definir la nacionalidad española en el último proceso constituyente del siglo, en 1876, el nacionalismo romántico de la época inmiscuía a las élites catalanas y vascas en una nueva construcción nacional de sus regiones.


Atrás quedaba el complejo de inferioridad de unas élites catalanas castellanizadas “ante un castellano imperial, considerado como lengua elegante y refinada por antonomasia", como explicaba el filólogo valenciano Antoni Ferrando, para embarcarse desde mediados del s. XIX en la recuperación de sus tradiciones, cultura y lengua, en un movimiento al que llamaron la Renaixenca. Y es a partir de entonces, en esa España decadente, cuando se comienza a fabricar toda la simbología del nacionalismo catalán que hoy conocemos: El baile de la Sardana, la canción dels Segadors, los castells, la construcción de la estatua al supuesto mártir Casanova en 1888 y su anual ofrenda de flores en conmemoración por la pérdida de sus instituciones y libertades tras la Guerra de Sucesión.

Fue a mediados del s. XIX cuando se escribió ese bello cuento sobre una idílica nación milenaria llamada Cataluña, que perdió su libertad tras ser conquistada por España.  Un cuento que escondía por ejemplo las reivindicaciones que hacía aquel representante de los marinos catalanes cuando escribía a la reina regente Mariana de Austria en 1674, advirtiendo que «no ha sido ni es de quitar a los cathalanes al ser tenidos por españoles, como lo son, y no por naciones” (Recogido por Pierre Vilar, El fet Català, 1983).


El cuento quiso cambiar toda la historia de Cataluña. A un Rafael Casanova que murió de viejo en su Cataluña natal, y que había luchado en la Guerra de Sucesión para “derramar gloriosamente su sangre por su rey, su honor, por la patria y por la libertad de toda España”, se le convirtió en mártir de las libertades catalanas. Se ocultó que la supuesta perdida de libertades, tras la implantación de los decretos de Nueva Planta, se reducía a la Real Audiencia, que antes y después dependía del rey, y si antes se escribía en latín, ininteligible para cualquier catalán de a pie, se obligó desde entonces a ser escrita en castellano. Los catalanes siguieron fiscalmente privilegiados y la apertura del puerto de Barcelona al mercado americano provocó que Cataluña viviese un esplendor económico que no experimentaba en siglos.  Aquellos políticos catalanes que tras un siglo de la implantación de la Nueva Planta arriesgaban sus vidas sorteando a las tropas francesas que ocupaban España, participando en Cádiz de un hito de la historia española, la firma de su primera constitución de 1812 ,“la Pepa”, se habían esfumado del cuento.

Aquel cuento sobre Cataluña, como todos los que se escribieron en Europa de la misma índole, fue creado por una oligarquía industrial cultivada que con mitos y leyendas ratificaban la supremacía de su raza, justificando con ello la codicia con que expoliaban el mundo. En principio solo se trato de una exacerbación identitaria de carácter meramente cultural, fruto del complejo de superioridad que ahora sentía la burguesía industrial catalana, observando a la Castilla que antes fue el motor del imperio, estancada en su ruralismo y retraso.  

Pero tal y como se fueron perdiendo las posesiones en America, ese nacionalismo cultural adquiría en el último tercio de s. XIX un carácter político, mucho más virulento y xenófobo, en respuesta a la frustración sentida por aquellas élites industriales al ver menguar sus riquezas, algo de lo que sistemáticamente culparon a Madrid, obviando la responsabilidad que ellos mismos tuvieron en el proceso.

Explicaba el historiador catalán Joan- Lluís Marfany, uno de los mejores conocedores del periodo, que “el racismo los impregna a todos, como impregna toda la cultura de la época”. Aparecían personajes como Valentí Almirall, uno de los ideólogos del catalanismo político, en lo catalanisme (1886), explicando que existe una raza catalana, “de origen ario-gótico, superior al resto de pueblos peninsulares, de raíces semíticas”. Joan Bardina, dedicó una larga serie de conferencias divulgativas donde se va conformando la imagen de una España «africana» agrícola, burocrática y semita, frente a una Cataluña «europea», industrial y aria. Enric Prat de la Riba, el arquitecto del catalanismo político, en el 1894 explicaba sin recelos que “había que saber que éramos catalanes y que no éramos más que catalanes... Esta obra no la hizo el amor... sino el odio.” En su ensayo La nacionalitat catalana, en 1906, explicaba que "(…) cada nación ha de tener un Estado, pero Cataluña tiene además una misión imperialista cuyo marco son los pueblos ibéricos desde Lisboa hasta el Ródano". Aparecía así el concepto de los Países Catalanes y el pancatalanismo.

La realidad es que hasta la entrada del nuevo siglo el nacionalismo catalán no llegaría a influir significativamente a la población catalana. En una época tan tardía como 1893, el escritor catalán Josep Pla escribía que “Los catalanistas eran muy pocos. Cuatro gatos”.

Pero el punto de inflexión fue la pérdida de las últimas colonias españolas de Cuba y Filipinas en 1898, eliminando el suministro de algodón a bajo precio para la industria textil catalana con el que tanto se había enriquecido.

Francesc Cambó, uno de los mejores escritores catalanes que han existido, lo explicó con precisión en sus Memorias, (1876-1936, Alianza Editorial):

"Diversos hechos ayudaron a la rápida difusión del catalanismo. La pérdida de las colonias, después de una sucesión de desastres, provocó un inmenso desprestigio del Estado. El rápido enriquecimiento de Cataluña, fomentado por el gran número de capitales que se repatriaban de las colonias perdidas, dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestra propaganda dirigida a deprimir el Estado español y a exaltar las virtudes y merecimientos de la Cataluña pasada, presente y futura."

Pau Casals pertenecía a ese círculo de familias catalanas que habían vuelto de las Américas. Su madre de origen catalán y nacida en Puerto Rico, se asentaría más tarde en Cataluña, donde formó la familia que dio a luz al maestro. Aunque Casals desarrolló una actividad importante dentro del catalanismo político, estando afiliado a la Lliga regionalista catalana fundada por Prat de la Riba, el partido conservador y monárquico por excelencia en Cataluña, no adoptaría el discurso xenófobo y de odio que el fundador y muchos catalanistas de la época propugnaban. Casals sería becado en Madrid, donde convivió con la familia real, y se codeó con las élites burocráticas, de hecho fue declarado hijo adoptivo de la ciudad, y guardaba un gran afecto por la monarquía española, llevando siempre engarzado al arco de su violoncelo un anillo que la reina María Cristina le regaló. Siempre percibió España y el castellano como algo propio sin contradecir por ello su identidad catalana.

Fue un arduo defensor de los derechos y libertades humanas, sintiendo verdadera empatía por las clases obreras con las que siempre se solidarizo. Fundó y patrocinó orquestas para los obreros y labradores, y en 1905 fundó en Barcelona el "Comité Catalán contra la Guerra", viendo como las clases trabajadoras eran sacrificadas en las guerras. Pero su sensatez y apuesta por la democracia le reprimirían de ofrecer ninguna clase de apoyo a las revoluciones bolcheviques, negándose a tocar en Rusia hasta que instaurase un verdadero régimen democrático.

Casals pudo observar como a lo largo de los años 20, tras los movimientos migratorios desde Murcia y Almería hacia los cinturones industriales de Barcelona, muchos de aquellos obreros empobrecidos con los que se codeaba adoptaban en Cataluña el mismo discurso xenófobo que propugnaba el nacionalismo catalán de los burgueses. Pere Mártir Rosell i Vilar, representante del ala radical de ERC, publicó en 1917 el folleto Diferéncies entre catalans i castellans, donde se exponía que la mezcla entre ambos conduce a la "degeneración biológica". Aymá i Baudina distinguía «entre los obreros auténticos que pasan hambre en silencio» y «los vagos forasteros que hablan siempre en castellano». Se podrían citar decenas de escritores catalanistas de izquierda que propagaron ideas igual de despectivas, hasta llenar el aire de las urbes catalanas de rencor y prejuicios contra los trabajadores andaluces y castellanos.

La revolución bolchevique en Rusia estimularía la aparición de movimientos obreros anarquistas y marxistas
en toda Europa. En España en particular, durante el primer tercio de siglo XX, se produciría toda una oleada de huelgas revolucionarias, violencia y pistolerismo, los llamados años de plomo, que la hizo ingobernable. Las iglesias se incendiaban y burgueses eran asesinados indiscriminadamente. En Cataluña parte de la izquierda proletaria comenzó a adoptar un marcado carácter separatista,  lo que todo en su conjunto acabó siendo una verdadera amenaza para los intereses industriales de la oligarquía catalana.

Esto llevaría a la Lliga Regionalista Catalana, representante de los intereses de la burguesía, y a la que Casals estaba afiliado,  ya bajo el liderato de Cambó, a apoyar en 1923 el levantamiento militar en Barcelona del general Miguel Primo de Rivera, instaurando una dictadura en España que duraría siete años.

Para sorpresa de la Lliga, la dictadura reprimiría tanto los movimientos obreros como cualquier otra expresión popular ajena a su concepto de patria única, iniciando una política marcadamente catalanófoba. Primo de Rivera prohibió izar cualquier bandera distinta a la nacional, así como el uso del catalán en actos oficiales. Eliminó la Mancomunidad de Cataluña, manifestaciones culturales de carácter popular se prohibieron o limitaron, como el baile de la sardana, y se persiguió a las entidades culturales relacionadas con la cultura catalana popular, como el Centre Catalá, el Ateneu Enciclopèdic Popular, bibliotecas populares, y se boicotearon los Jocs Florals , que hubieron de celebrarse en Francia. Incluso el FC Barcelona o el Orfeón Catalán, entre otras muchas entidades, vieron limitadas sus actividades. De la represión no se libró ni la iglesia catalana. Decenas de sacerdotes fueron encarcelados acusados de separatismo. El mismo rey Alfonso XIII simpatizaría en público con los catalanes por la represión que estaban sufriendo.  

La reacción del catalanismo fue justo la contraria a la que la dictadura pretendía. Una vez la actividad política fue reprimida, los intelectuales catalanes se volcaron en la divulgación del catalanismo a través de la promoción de la lengua y de la cultura, en actividades consideradas como alta cultura no censuradas por el régimen. Aumentaron las editoriales y las publicaciones en catalán y se pusieron en marcha un buen numero de iniciativas culturales como el Ateneo de Barcelona con Pompeu Fabra como presidente, y la Associació Obrera de Concerts, fundada por Pau Casals. Al final, el impacto de la dictadura en la cultura catalana sería positivo, a pesar suyo, llevando a la sociedad catalana a adoptar una verdadera conciencia de su identidad y de la necesidad de protegerla contra un Estado que les era hostil. Los intelectuales catalanes interiorizaron la consigna del Catalunya endins! ('Cataluña hacia dentro'), que sintetizaba esa idea de promover la cultura catalana de forma íntima, durante los años de dictadura, para después catapultarla. 

La represión política se produjo en toda España, y muchos representantes políticos españoles e intelectuales de la talla de Unamuno o Blasco Ibáñez, vivieron la dictadura en el exilio o el destierro. Pero en Cataluña, como apuntaba la historiadora Genoveva García Queipo de Llano, "Primo de Rivera ofendió no sólo a grupos políticos sino a la totalidad de la sociedad catalana", y todo el pueblo catalán asumiría como mínimo la opción autonomista.

Casals se haría republicano por su distanciamiento con Alfonso XIII durante los años de dictadura, y en 1931 se mostraría públicamente satisfecho por la proclamación de la Segunda República participando en sus actos conmemorativos.


En las elecciones municipales catalanas del 31, la recién fundada Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) 
obtenía un arrollador triunfo obteniendo los mismos escaños que el partido conservador de la Lliga Regionalista y los partidos centristas catalanes juntos. ERC se presentó como un partido republicano catalán de izquierdas, no como un partido secesionista, pero este ideal era defendido por algunos miembros en sus filas, entre ellos uno de sus fundadores, Francesc Macià, quien tras la proclamación de la República proclamaría la República Catalana dentro de una federación de pueblos ibéricos. El escaso apoyo que recibió le hizo declarar la Generalidad de Cataluña, aprobando un nuevo estatuto de autonomía en 1932. Pero estos hechos demostraron que, aunque el secesionismo no gozaba de un apoyo considerable en Cataluña, ya se había convertido en un elemento desestabilizador para la recién nacida II República Española.

La entrada de los conservadores católicos de la CEDA en el gobierno republicano en 1934 provocaría las revoluciones del 6 de octubre: una huelga general en toda España, la revolución de Asturias y la proclamación por parte del diputado de Esquerra Republicana (ERC) y presidente de la Generalitat, Lluís Companys, del Estado Catalán dentro de la República Federal Española, un golpe de estado en toda regla perpetrado desde la misma Generalitat contra el gobierno republicano. Todos los levantamientos fueron reprimidos con la intervención del ejército, con el resultado de miles de muertos y encarcelamientos, provocando una conciencia de unidad entre todos los partidos de izquierda españoles contra un enemigo común, la derecha política, a la que de alguna forma ligaron con el fascismo.


La sociedad española se había polarizado ideológicamente. Era patente que la Republica cada vez sufría mayores dificultadas para contener la violencia provocada por una amalgama de movimientos marxistas, socialistas y anarquistas que pretendían una revolución obrera a imagen de Rusia, frente a otros de carácter fascista que imitaban las formas del nazismo alemán o el fascismo italiano.

En Cataluña, a la desestabilidad provocada por los sindicatos obreros españoles de UGT y CNT, particularmente activos en los cinturones industriales catalanes, se unía la actividad del separatismo de izquierdas. La Generalitat ya solo aspiraba a encauzar los levantamientos del proletariado para evitar una verdadera revolución bolchevique en Cataluña, mientras milicias paramilitares socialistas, anarquistas y de Esquerra Republicana desfilaban por Barcelona de la misma forma que lo hacían las milicias de la Falange Barcelonesa.

El mismo José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, se dio cuenta de lo que la dictadura de su padre había provocado en Cataluña:

“En Cataluña hay ya un separatismo rencoroso de muy difícil remedio, y creo que, ha sido, en parte, culpable de este separatismo el no haber sabido entender pronto lo que era Cataluña verdaderamente.
Cataluña es un pueblo impregnado de un sentimiento poético, (…). Esto no se ha entendido a tiempo; a Cataluña no se la supo tratar, y teniendo en cuenta que es así, por eso se ha envenenado el problema, del cual sólo espero una salida si una nueva poesía española sabe suscitar en el alma de Cataluña el interés por una empresa total, de la que desvió a Cataluña un movimiento, también poético, separatista”.
“Los Vascos y España”, J.A. Primo de Ribera, 28.2.1934

Pero ya no habría tiempo para poesías en Cataluña, ni en España, ni como se vería más tarde, tampoco en el mundo.

Las elecciones generales de 1936 daban una escueta victoria al recién formado por Manuel Azaña, Frente Popular,  una coalición electoral de las fuerzas de izquierda que unía a republicanos y socialistas. Milicianos de la falange iniciaban un número de asesinatos respondidos de la misma forma por milicias de izquierda, generando una escalada de violencia que serviría de excusa a los militares para iniciar el levantamiento. El 17 de julio de 1936 comenzaba la Guerra Civil Española.

En una emisión radiofónica al principio de la Guerra, el general sublevado Queipo de Llano daba cuenta de la poesía que pretendían para Cataluña: "Transformaremos Madrid en un vergel, Bilbao en una gran fábrica y Barcelona en un inmenso solar".  En marzo de 1938 se producían sobre Barcelona los bombardeos más intensos y terribles de toda la Guerra Civil, ordenados directamente por Mussolini.

Casals se declararía antifascista desde el inicio de la guerra, librándose de la represión que se producía en toda Cataluña por las milicias antifascistas creadas por decreto por la Generalitat de Companys. No solo se ejecutarían falangistas y representantes políticos de los partidos conservadores nacionales, sino también burgueses, clérigos y simpatizantes de la Lliga Catalana, antigua Lliga regionalista, a los que acusaban de colaboradores con los sublevados. El balance final de la represión sería de más de 8.000 víctimas asesinadas en la Cataluña republicana. 

Una vez las tropas de Franco ocuparon Barcelona Casals se exilió a París. La guerra terminaba tras tres años de conflicto bélico, con un balance de más de medio millón de victimas humanas.

La represión franquista que vino después fue tan brutal como la guerra. Tribunales franquistas encarcelaban y fusilaban en toda España a simpatizantes de izquierda de toda índole y de todos aquellos vinculados a la República. El mayor número de ejecuciones se produjo en aquellos territorios donde la población no pudo huir. En Andalucía se fusilaron a más de 47.000 personas, el 4% de la población masculina,  y porcentajes similares se produjeron en Extremadura y Castilla la Vieja. En total, y a lo largo de toda la dictadura, se ejecutaron a más 150.000 personas, un verdadero genocidio.

Gracias a la cercanía con la frontera francesa la mayoría de republicanos catalanes pudieron huir, "tan solo" 4.200 personas fueron fusiladas. Pero el especial carácter de la Cataluña Republicana provocó que la represión del régimen se ensañase con ella. El mismo Franco advirtió que los soldados que habían tenido el honor de desfilar en Barcelona tras su caída no fue "porque hubieran luchado mejor, sino porque eran los que sentían más odio. Es decir, más odio hacia Cataluña y los catalanes." En 1940 el total de hombres y mujeres encarcelados (presos políticos) en Cataluña era de 27.779 personas, el 0,95% del total de la población catalana, evidenciando el alcance masivo de la represión sobre su población, aún meses después del fin de la contienda.

La tragedia de la Guerra Civil española no fue mas que un mero campo de pruebas de lo que acontecería en el mundo tal y como esta terminaba. La II Guerra Mundial comenzaría en 1939 para terminar seis años más tarde, involucrando a todas las potencias del momento, con un balance de más de 60 millones de víctimas, y el mayor genocidio humano que nunca había conocido la historia.

Casals de nuevo se vería obligado a huir del fascismo ante la ocupación de Francia por el ejercito nazi, abandonando París para trasladarse a vivir a San Juan de Puerto Rico, de donde provenía su familia materna.

En España, el régimen franquista prohibiría todos los partidos políticos (salvo Falange Española), anulando por completo las libertades democráticas. Específicamente Cataluña vería suprimidos su Estatuto de Autonomía y las instituciones de él derivadas, y se derogó la oficialidad de la lengua catalana, eliminando su uso en todo lo relativo a la administración pública, en los medios de comunicación, en la escuela, en la universidad, en la señalización pública y en general en toda manifestación pública.

Hasta 1946 la censura no permitió publicaciones en catalán, y la única expresión de literatura catalana se limitó a alguna obra clandestina. Tras la victoria de los aliados en 1945, el cambio de relaciones en política exterior obligó al régimen a rebajar la represión ejercida, autorizando el teatro en catalán y la edición de libros en lengua catalana.

Pero mientras Casals condenaba públicamente el fascismo, viéndose obligado a vivir en el exilio lejos de su tierra, muchas figuras catalanas, entre ellos antiguos compañeros de la Lliga Regionalista como Josep Pla, comulgaron con el régimen franquista. Personajes como Salvador Dalí o Juan Antonio Samaranch, son un ejemplo. El FC Barcelona tampoco se escapó, y fueron muchos los presidentes que comulgaron con el régimen, entre ellos Narcís de Carreras, también militante de la Lliga Catalana.

Pau Casals se mostraría siempre consecuente con sus ideales pacíficos, y su defensa de las libertades y de la democracia. Tras comprobar la connivencia de los países del bando aliado con el régimen franquista se negó a tocar en todos ellos, sacrificando aquello que más amaba, la música. No volvería a tocar el violoncelo en público durante años.

Tampoco dejó nunca su activismo en defensa de la cultura catalana. Aún en el exilio, en 1950 impulsó y presidió la celebración de los primeros Juegos Florales de la lengua catalana, realizados en Francia. Sería invitado a presidir la Generalitat de Cataluña en el exilio, honor que rechazó por, según él, no sentirse digno de tan honorable cargo, y por pensar que serviría mejor a Cataluña luchando por la paz.

A pesar de la violencia que gobernó en los tiempos del maestro, en el corazón de Casals nunca hubo sitio para el odio. No se dejó nunca influenciar por la xenofobia y los prejuicios del nacionalismo de su época. Tampoco su empatía por los obreros le llevaron a simpatizar con las revoluciones proletarias, que condenó como regímenes que oprimían la libertad de los pueblos. Ni por supuesto sus convicciones católicas y conservadurismo le llevarían a apoyar dictaduras que se erigían como baluarte de las mismas.  

Aun habiendo padecido la represión de dos dictaduras, y aun viéndose obligado a vivir en el exilio, lejos de su amada Cataluña, ayudando a cientos de exiliados españoles que como él, fueron perseguidos por sus convicciones políticas, Casals nunca generó un sentimiento de odio o revancha contra España, como así les ocurrió a tantos exiliados catalanes con los que el maestro convivió.

En una entrevista concedida al diario ABC en los últimos años de su vida, el maestro explicaba:

"Soy catalanista pero jamás he sido separatista". "La reina María Cristina fue para mi como una segunda madre. Tocaba el piano con ella y jugaba con Alfonso XIII". (…) "En plena República, cuando me hicieron hijo adoptivo de Madrid, elogié a la reina y me ovacionó todo el mundo".

Pau Casals aseguró que no volvería a España mientras Franco la gobernase. Desafortunadamente el maestro nunca más volvería a ella, a pisar la Cataluña que tanto amaba. El 22 de octubre de 1973 moría en San Juan de Puerto Rico. Franco moriría dos años más tarde.

Cuando escuchamos al actual presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, parafrasear el discurso que Casals ofreció en la ONU, uno se pregunta que pensaría el maestro del actual momento que se vive en Cataluña.

Pau Casals fue un hombre extraordinario. Un catalanista convencido, cuya defensa del catalán y de Cataluña pocos catalanes, si es que hay alguno, pueden alardear de haberlo internacionalizado como él lo hizo. Una actividad que no cejó hasta su muerte. Fue arduo defensor de las libertades humanas, de la democracia como sistema político que las garantiza, y sobre todo, y por encima de todo, un defensor de la paz. Como mencionó en su discurso, Cataluña era la nación más grande del mundo porque “ya estaba contra la guerra, contra aquello que las guerras tienen de inhumano”.

Supongo que la mayoría de secesionistas encontrarán al maestro como un indiscutible aliado de su causa, pues Casals era un demócrata, y no parece ser otro valor que este, el que aquellos defienden. Pero particularmente yo dudo que Casals hoy día sintiese ninguna atracción por la causa independentista, y no sencillamente porque él no se declarase como tal, sino por la forma en que se esta haciendo.

La España que hoy se encontraría Casals tiene muchos defectos, entre ellos la amalgama de prejuicios y rencores que aún se dan entre sus pueblos, lo que desde luego necesita de una buena dosis de educación en la España autonómica que aún desconocemos. Pero estoy convencido del agrado que sentiría el maestro al encontrar por fin un estado democrático en el que los españoles viven en paz. Un estado que disfruta de un desarrollado modelo autonómico que sirve de ejemplo para otros países, y que desde que comenzó la Transición, ha convertido a España en uno de los países más descentralizados de la OCDE. Un país que disfruta de una política lingüística que permite verdaderas anomalías en el seno de la UE,  como que la enseñanza se instruya íntegramente en la lengua vernácula de cada comunidad autónoma, o la exigencia del conocimiento de esta para acceder a los puestos de funcionariado público de cada comunidad, lo que la declaró en la Carta de 2005 de la Comisión de Expertos de la CE, país precursor en Europa del amparo y fomento de las lenguas regionales.

España ha adelgazado el gobierno central hasta apenas implicar el 20% de todo el gasto público, mientras la mitad de este gasto es gestionado por las administraciones territoriales (34% por las CC. AA. y el 12% por las
autoridades locales). Todas las CCAA tienen las competencias en sanidad y educación completamente transferidas, junto con un porcentaje importante del gasto en Infraestructuras, varios impuestos, transporte, y un largo etcétera que en Cataluña culmina con la transferencia completa de la competencia en seguridad ciudadana, desapareciendo allí la policía nacional y encontrando en su lugar a los mossos de esquadra con los que Casals convivió durante la República.

Es cierto que sigue existiendo corrupción política y politización de la justicia, como la que Casals conoció en la España de su época. También importantes tasas de paro ahora en tiempos de crisis, aunque nada que ver con la pobreza en los barracones de obreros que Casals conoció. Pero aunque si bien es cierto que las precarias condiciones laborales hoy harían huir a muchos españoles de España, también lo es que pocos de los inmigrantes de todo el mundo que un día vinieron se hayan querido marchar.

Pienso que en esta España Casals no entendería el problema de la Cataluña de hoy. Una España en la que ya nadie castellaniza su nombre, Pau, que significa Paz, como al le gustaba decir, pero que en cambio catalaniza los nombres castellanos de los catalanes. Una Cataluña que no parece estar por la libertad, la democracia y la paz que el maestro defendía, sino que ha adoptado los discursos xenófobos y populistas que han dado a Trump la presidencia de EEUU, de los que defendieron el Brexit en Reino Unido, o de la ultraderecha de Geert Wilders en Holanda o Marine Lepen en Francia.

Cataluña no puede estar por la libertad cuando se quiere obligar a todos los españoles, catalanes incluidos, a que una generación de estos últimos unilateralmente decidan arrebatar parte de una tierra que por ley pertenece a todos. Una ley, la constitución del 78, que votaron todos, precisamente con el mayor porcentaje de apoyos en Cataluña, saltándose además otra ley que también votaron todos los catalanes, el Estatut del 2006. Sin debate, sin argumentos, solo el hecho de querer votar apropiarse de lo que a ellos no les pertenece. Esto no es libertad, es el mismo autoritarismo que en los tiempos de Casals asesinó a millones de humanos y que a él le llevó al exilio.

Cataluña no puede estar por la democracia, aunque los políticos que ahora asumen su mando repitan una y otra vez que es eso lo que quieren. En Cataluña no han dejado de votar democráticamente por la secesión desde 2012 en que comenzó el proceso. Primero con unas elecciones autonómicas, luego en la consulta del 9N, y finalmente en unas plebiscitarias en 2015. Y siempre con el mismo argumento de una votación definitiva por la secesión que siempre perdieron. Y aún así, ahora quieren obligar al presidente del Estado a que les legitime votar llevarse una parte de la nación, cuando siquiera él tiene autoridad para ello, mientras ellos esa autoridad se la niegan a quienes realmente la tienen por derecho, todos los españoles. Esto no es democracia, sino fascismo como el que Casals detestó durante toda su existencia.

Cataluña no esta contra aquello que las guerras tienen de inhumano, contra la codicia, la xenofobia, la soberbia, la injusticia…


Es codicia cuando acusan a sus compatriotas de ladrones, diciendo que les roban, para no compartir impuestos, mientras sus élites de gobierno mantienen un aparato de robo sistemático del 3% de todo lo que en Cataluña se construye. Es codicia haber malgastado hasta hacer de Cataluña la comunidad autónoma más deficitaria de España y seguir malgastando ahora en un proceso político contra España mientras se la exige financiarlo. Y es codicia el imperialismo de sus partidos, cuando Joan Tardá, diputado de ERC en el parlamento, explicaba en 2014 que «cuando logremos que se proclame la república de Cataluña seguiremos viniendo al Parlamento español porque hay dos territorios, el País Valencià y Baleares, que forman parte de los Países Catalanes, … », y todavía “quedarían por independizarse”.

Es xenofobia que el político que gobernara la Generalitat de Cataluña durante 23 años consecutivos en democracia, Jordi Pujol, publicara que “el hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido [...], es generalmente un hombre poco hecho”, y su mujer, Marta Ferrusola, recordara que su hijo se quejaba diciendo que «hoy no puedo jugar, madre, todos los niños son castellanos...». Y que bajo la premisa del mismo Jordi Pujol, cuando declaraba en 1979 que "hay que cambiar no ya cuarenta años, sino quinientos años de la Historia de España”,  se haya adoctrinado a niños en el odio a sus vecinos, inventándose la historia y la geografía de los libros, e impidiendo ser educados en un mínimo de castellano, que paradójicamente es allí la lengua más hablada, y lengua materna de más de la mitad de ellos. Una xenofobia que en Cataluña produce imágenes que recuerdan a los regímenes fascistas del pasado, encontrando carreteras comarcales flanqueadas por banderas esteladas en media Cataluña. 

Es soberbia aseverar la pertenencia de una supuesta Cataluña independiente a la Unión Europea, cuando ninguno de sus miembros te apoya, o enaltecer las futuras riquezas de la ruptura cuando tu propio órgano consultivo, el CATN, estima que el coste de una secesión no pactada será de 4.500 millones de euros al mes en los primeros años. Es soberbia usar a académicos de ámbito internacional afines a la causa, cuando su opinión proviene de flemas de rencor del pasado, como demostraba el economista Xavier Sala i Martin recordando en un twitt a su padre el día de la votación del 9N: “Finalment no he pogut viatjar a Catalunya però he votat a Nova York. I he votat per tu, pare!” Xavier Sala-i-Martin  @XSalaimartin

Y es injusticia acusar a España de ser un país retrogrado y autoritario por no permitir un referéndum de secesión en uno de sus territorios, en un momento crítico de su historia, cuando no existe constitución en el mundo que contemple este derecho, y menos aún de forma unilateral. Solo la constitución de Canadá y Reino Unido, que no la tiene, son los únicos estados del mundo que no incluyen la indivisibilidad de su territorio nacional en la constitución. EEUU, Alemania, Italia, Francia… son ejemplos de países que han rechazado demandas de referéndums de este tipo propuestas por algunos de sus territorios.

Todo esto es estar contra la paz, contra todo aquello que Pau Casals creía que Cataluña representaba.

A día de hoy, cuanto menos, Casals se sentiría engañado. Engañado por el cuento falaz que el nacionalismo catalán le inculcó sobre la Cataluña del s. XI, y engañado por el cuento falaz que sobre Cataluña se inculca hoy en el s. XXI.









martes, 4 de noviembre de 2014

ESPAÑA, PROTAGONISTA DE CADA FIN Y RENACIMIENTO DE LA HISTORIA.

A todos ustedes les dedico este breve repaso a nuestra historia.
Les ayudará a entender este momento



Dos regiones de la Tierra han sido elegidas por la historia para protagonizarla. Ambas tienen una mística especial, un papel único.

La primera sería el área del Creciente Fértil donde se encuentran la península del Sinaí, Palestina, Israel, Siria y el norte de Irak. Es aquí donde llegaron los primeros homo sapiens que salieron de África y donde por vez primera se encontraron con la otra raza humana conocida, los neandertales, y allí se hibridaron con ellos. Y fueron esos seres a los que el Sahara les cerraría las puertas impidiéndoles volver al paraíso, los que conquistaron el mundo e instauraron las primeras civilizaciones, y quienes iniciaron la historia del hombre. Y aún hoy, es en esta zona de la Tierra donde los tres principales grupos humanos conocidos: judíos, cristianos e islámicos, confluyen, rivalizan y se matan, como eterno recordatorio de nuestra naturaleza.

Si Mesopotamia es el inicio y la esencia, la otra elegida fue la Península Ibérica, protagonista de cada fin y renacimiento de la historia.

No exagero. Aquellos primeros homo sapiens que salieron de África llegarían antes a Oceanía, Asia y América que a Europa Occidental, terminando en nuestra España. Los conquistadores de Europa no solo lucharon contra el hielo y el deshielo, sino contra el otro grupo humano, los neandertales, esparcidos por todo el continente, tan inteligentes como ellos, y mucho más fuertes y con más tiempo de adaptación.

Aquellos hombres usarían lo que solo a ellos quiso dar la naturaleza, la imaginación y el arte, para adaptarse con rapidez a los drásticos cambios en su ambiente, y paso a paso robarían el terreno a los nativos neandertales. Finalmente entrarían a nuestra Península Ibérica, el último bastión de su enemigo, y allí librarían sus últimas batallas hasta llegar al sur de España, donde definitivamente aniquilarían a esa otra raza humana conocida, hasta hacerla desaparecer de la historia.

Aún hoy, se encuentra el ADN mitocondrial de aquellos primeros conquistadores europeos en pequeñas aldeas vascas, el U8 . Y dicen que fueron estos pobladores vascos los que desde España  poblarían Gran Bretaña e Irlanda compartiendo con ellos el mismo origen. Y fueron los pobladores ibéricos los que de nuevo entrarían en el norte de África, cerrando así el primer capítulo de la historia del hombre, la conquista de la Tierra.

Aquellos primeros pobladores peninsulares se mezclarían más tarde con otras tribus y pueblos que entraron a la península, produciendo las frecuencias genéticas que hoy compartimos todos en España, vascos, catalanes, gallegos y andaluces incluidos. Y por algún místico motivo, el destino les encargaría a los hispanos la tarea de cerrar y abrir cada capítulo de la historia de Occidente. 

No ha habido imperio europeo que se haya consolidado sin la conquista de Hispania, y ha sido la rebelión y pérdida de Hispania el fin de ese imperio.

Los fenicios le darían su nombre, i-spn-ya, hace 2.800 años, creando a lo largo de todo el levante español,
desde Cádiz hasta Cataluña, algunos de los puertos comerciales más importantes del Mediterráneo. Sus descendientes griegos, los Cartagineses, harían su imperio con la conquista de la mitad este peninsular, lo que llamarían Iberia, y desde allí Anibal entraría en la misma capital de la República Romana. Y sería la pérdida de Iberia al final de la 2ª Guerra Púnica, a manos del general romano Escipión, el fin del imperio griego. Poco más tarde caería el último reducto que quedaba de este, la ciudad de Cartago, desapareciendo el imperio cartaginés de la historia para siempre. 

La conquista de Iberia por los romanos marcó un punto de inflexión en la historia de Occidente. Desde entonces las antiguas civilizaciones mediterráneas pasarían al mundo moderno a través de Europa en lugar de África.

A los romanos les costaría solo 12 años expulsar a las fuerzas cartaginesas del levante español a finales del s. III a.c., pero emplearían dos siglos de interminables guerras para vencer a los pueblos del interior (celtíberos, lusitanos, astures, cántabros, etc.). Guerras extremadamente violentas y crueles, tras las cuales las culturas prerromanas de Hispania fueron casi por completo exterminadas. 

Decía el hispanista inglés Gerald Brennan que "como demuestra claramente la historia, España ha existido únicamente como nación cuando se sintió bajo la influencia de una gran idea o impulso; tan pronto como declinaba esa idea, los átomos de la molécula se separaban y empezaban a vibrar y a chocar unos con otros. Lo vemos por primera vez en tiempo de Augusto, cuando la civilización romana sometió a las belicosas tribus íberas. Apenas acabada la conquista, España hizo suya la idea de Roma, en una medida jamás lograda por la Galia, y automáticamente empezó a producir generales, emperadores, filósofos y poetas, hasta el punto de que Italia llegó a parecer una simple provincia de España”.

No le falta razón al autor.  A los romanos les costó sangre, sudor y lágrimas conseguir la unión territorial de los pueblos peninsulares, pero lo hicieron. A ellos les debemos el sentimiento que nos anexa, el sentirnos hispanos. Y con la unificación de nuestros pueblos construyeron el pilar de la historia de Occidente.

Del comportamiento de los átomos de la molécula hispánica, como decía Brennan, dependerá el comportamiento de toda la estructura de Occidente. Los romanos no solo harían una nación de la Península Ibérica, sino que en ella forjarían el alma de Europa. Como si de un campo de pruebas se tratase, la idea que con éxito uniese a los pueblos hispanos, de una manera u otra sería la idea con la que se construyese Occidente. La manera en la que España ha entendido el mundo, las condiciones de paz firmadas por ella, sus revoluciones, sus guerras, sus éxitos y fracasos, han ido cerrando y abriendo los distintos capítulos de la historia de Occidente, configurando con ellos el mapa político del mundo. Podríamos decir que Occidente se ha hecho como España le ha dejado hacerlo.
 
Así ha sido desde tiempos romanos. El fin de las guerras civiles en Hispania darían fin a la República Romana, proclamando el Imperio por César Augusto en el 27 a.C. Hispania proporcionaría al imperio dos de los llamados “Cinco emperadores buenos”;  Trajano y Adriano, y fue parte fundamental de este, ofreciéndole un enorme caudal de recursos materiales y humanos. Y de nuevo, la caída de Hispania implicaría el fin del Imperio.

Los mismos visigodos que saquearían Roma en el 410 d.C , se harían con el poder de Hispania y sur de Francia en el 418 d.C, habiendo destruido el Imperio Romano de Occidente para siempre. Comenzaría entonces una nueva era, la Alta Edad Media, en la que Europa ya no se identifica por el imperio romano, sino por su signo cristiano.

El Reino de los Visigodos se ubicaría en nuestra Hispania, la Spania que ellos llamaron y de donde heredamos el nombre, y a ellos se les debe la unidad política de nuestra nación. Pero como el resto de reinos bárbaros en Europa, la Spania visigoda era territorio de luchas dinásticas y guerras tribales donde la paz era una excepción.

La Spania visigoda es una fiel representación de la España que en muchas ocasiones encontraremos a lo largo de la historia. Luchas intensas entre las partículas del núcleo central contra las de la periferia, en esa rivalidad eterna por el poder entre las élites de la meseta contra las élites del Mediterráneo, y los soberanos en el trono a la a vez en guerra contra las belicosas tribus del norte (vascos, cantabros y astures).

Si la molécula hispánica era inestable, también lo era el resto de Europa, sufriendo incesantes guerras entre francos, germanos y bizantinos, además de guerras tribales en su seno. Y el fin de la inestabilidad en Spania de nuevo repercutiría en la futura estabilidad de Europa.

Como en tantas otras ocasiones ocurrirá en la historia de España, la búsqueda de apoyo por parte de algunos de sus átomos en moléculas extranjeras, conllevará la destrucción total en la península, y con ella la de Occidente. Dicen que nobles godos de la Tarraconense pactaron con los árabes la entrada a Spania, para con su ayuda arrebatar el trono al rey de origen lusitano. Los árabes entrarían a la península en el 711 d.C y en solo 9 años habrían conquistado toda la Spania visigoda. En el año 726 dominaban todo el Sur de Francia. De nuevo, con el fin de la Spania visigoda comenzará una nueva era. Tres imperios convivirán y lucharán por la supremacía europea: el bizantinoislámico y el carolingio. Hispania de nuevo se constituirá en el pilar del imperio occidental más desarrollado de ellos, el impero islámico.

Mientras Europa se encontraba sumida en guerras constantes entre reinos y tribus bárbaras, en plena decadencia cultural, y un sistema feudal de subsistencia, época conocida como la edad oscura, la España árabe aparecía como uno de los mayores centros de conocimiento y culturales del mundo, con una economía urbanizada, y uno de los territorios que disfrutaban de mayor estabilidad política.  El Califato sería la primera economía comercial y urbana de Europa tras la desaparición del Imperio romano

El esplendor del al-Ándalus obligaría también al resto de Europa a reorganizarse produciendo el embrión de las futuras potencias Europeas. Tal y como los pueblos del norte peninsular se constituían en pequeños reinos cristianos, iniciando la reconquista de su antigua Spania ahora bajo el yugo del Islam, Europa Occidental igualmente se reorganizaba en los países que más tarde protagonizarían su historia.

Tanto la reconstrucción peninsular como la europea dieron lecciones que bien haríamos en observar para solucionar algunos de nuestros problemas actuales.  La tradición pactista en la Alta Edad Media, en la que los nobles regionales adquirían enorme poder agrupados en sus cortes en contra del poder del rey, mostró ser competitivamente ineficaz para sus territorios.

Si debido a la Guerra de los 100 años Francia había logrado centralizarse acumulando enorme poder en su monarca, gracias a lo cual había logrado vencer a Inglaterra, el mismo ejemplo se observaría en la Península. La Corona de Castilla había logrado concentrar el poder en su rey, desactivando el poder de las cortes de sus antiguos reinos, gracias al apoyo del pueblo llano. Por el contrario, los monarcas aragoneses se habían dedicado a privilegiar a la nobleza de sus reinos, ofreciendo constantes concesiones a las cortes, hasta hacer ingobernable un territorio sumido en constantes revueltas internas y guerras entre reinos.

Esto se vería en la Guerra de los dos Pedros, Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, a mediados del s. XIV. Aún con menos riquezas, Castilla fue capaz de organizar lo que ya era una potencia demográfica, mientras Aragón era incapaz de obtener financiación de sus reinos sin ofrecer antes mayores concesiones en largas negociaciones que no hacían más que demorar la preparación de sus tropas. La Corona de Aragón fue ampliamente derrotada por las tropas castellanas, que no cesarían su avance hasta el asesinato del rey castellano por su propio hermano.

De nada serviría toda la riqueza que generaba la Corona Aragonesa en el Mediterráneo si no se ponía al servicio de las necesidades de la Corona en su conjunto. El declive aragonés en el Mediterráneo era ya un hecho, mientras los castellanos se convertían en una nueva potencia marítima.

Con nuevas potencias emergiendo en Europa como Inglaterra, Francia o el imperio Sacro-Germánico, la unión de los reinos peninsulares se convirtió en una necesidad. Ambas Coronas castellana y aragonesa se unirían en 1469 mediante el casamiento de los Reyes Católicos. Esta unión marcaría el inicio de la etapa más notoria de nuestra historia. En 1492 se conquistaba Granada, finalizando así la Reconquista iniciada por los reinos cristianos en el s. VIII. Y en el mismo año los españoles descubrían América.

Por caprichos del destino, la unión de los pueblos hispanos fue un preámbulo de la unión de los europeos con aquellos hombres que miles de años antes habían colonizado el continente americano. De nuevo Hispania se erigía como pilar de la historia de Occidente.

La unión efectiva de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra se haría bajo el reinado de Carlos I, el primero en adoptar el título de Rey de las Españas. En España se cerraba de nuevo otro capítulo de la historia, para comenzar uno nuevo dedicado a ella. Se iniciaba su hegemonía en Europa y el periodo del Antiguo Régimen.

España descubriría al mundo un nuevo continente, y dominaría media Europa. La casa de Austria construiría una Europa católica bajo su visión descentralizada de gobierno. Para los Austrias los territorios eran algo suyo, que pasaban en herencia, y mientras pagasen impuestos al monarca para financiar sus ejércitos y guerras estos respetaban sus singularidades y formas de gobierno.

En el caso de las Españas, los sucesivos monarcas Austracistas mantuvieron las cortes de cada uno de sus reinos, pero era obligación de estas jurarles como reyes, mientras la monarquía obviaba jurar las constituciones y leyes de sus cortes. A cambio de esto, la monarquía mantuvo los privilegios que los nobles habían recibido de la Corona de Aragón. Caso especial era el catalán, donde incluso tenían capacidad de nombrar a sus embajadores y cónsules, y todos los consellereres disfrutaban del título de Grandes de España.

En palabras del prestigioso historiador catalán J. Vicens Vives, la península estaba  gestándose con signo castellano”. En este periodo El Quijote de Cervantes ya nos explicaba que el español era lengua de uso habitual en toda España, y que los barceloneses de la época se referían a ella como “nuestra lengua”. En efecto era en Barcelona donde más libros en castellano se imprimían de toda España.

Durante dos siglos la Corona española se financió básicamente a través de los impuestos castellanos, cuya capacidad económica les permitía embarcarse en empresas para explotar América. Mientras tanto, el Condado de Barcelona y Reino de Valencia colaboraron poco a la financiación de la Corona, debido en parte a que el comercio se había trasladado al Atlántico, y el Mediterráneo había entrado en declive, y por otro lado la peste había afectado muy fuerte en estos territorios.

Ese gobierno descentralizado de la Casa de Austria, y financiado con el oro y plata americanos, perduró hasta que las potencias europeas, y especialmente los reinos españoles, se dieron cuenta de su debilidad. En 1618 comenzaba la Guerra de los Treinta Años, en la que todas las potencias europeas se involucraron para arrebatar a la Casa de Austria su hegemonía en Europa.

España rechazaría la intervención danesa primero, que ya implicó suficientes incrementos de impuestos entre los países contrincantes, como para que los aliados de Dinamarca, Inglaterra y Francia, entrasen en guerras civiles. Rechazaría igualmente la intervención sueca, derrotada por las tropas españolas. Pero tras 17 años de interminable guerra, esperaba un enemigo aún mucho más fuerte, Francia.

Francia se había convertido en una potencia que gozaba de un gobierno centralizado, capaz de gestionar un
poderoso ejercito y una frontera llena de fortificaciones. Los Austrias aún eran demasiado poderosos y Francia sabía del punto débil de la Monarquía Hispánica. El mismo Conde-Duque de Olivares se lo recordaría al monarca español Felipe IV: "los políticos extranjeros dicen que la monarquía española es simplemente un cuerpo fantástico sostenido por la opinión general, pero sin ninguna sustancia".

Efectivamente España padecía de los mismos problemas que antes padeció la Corona de Aragón. La dificultad para obtener financiación extraordinaria de los reinos periféricos, en los que sus propias necesidades impositivas habían ahogado a su población, y enriquecido a su nobleza.

Aún contra la poderosa Francia, ejércitos de catalanes junto con los Tercios destruyeron las provincias francesas de Champaña y Borgoña, e incluso amenazaron París durante la campaña de Francia de 1636. Pero no sería Francia quien derrotase a España, sino más bien España se derrotaría a sí misma.

Las nuevas necesidades de financiación implicaban subidas de impuestos a valencianos, catalanes y aragoneses que no estaban acostumbrados, además de sufrir la peste y la hambruna que ya les asolaba. Se produjeron levantamientos en Valencia, Portugal y Cataluña, y otro intento más en Andalucía. Los átomos de la molécula hispana comenzaron a vibrar, hasta destruirla.

Cataluña se pondría en manos de Francia declarándose república de esta y jurando lealtad al rey francés. Descubrirían más tarde que los franceses no eran aliados de su pueblo, y los mismos catalanes entraron en guerra civil, hasta jurar lealtad de nuevo al rey español. Portugal se independizaría para siempre y España perdería las regiones transpirenaicas catalanas, más otras tantas plazas en Europa, así como todos los territorios que en América había conquistado Portugal.

Las revueltas internas desestabilizaron a España hasta hacerla perder la Guerra. España perdería su hegemonía, produciéndose un equilibrio de poderes en los que a Francia se la vería como el nuevo poder dominante de Europa.

De nuevo España cerraba un capítulo de la historia, esta vez el que a ella la historia le había dedicado. La Paz de Westfalia (1648) abría un nuevo capítulo, el reconocimiento de la integridad territorial de los Estados, fundamento de la nación-estado soberana moderna.

Los reinos españoles continuarían unidos en la Corona Española, manteniendo sus fueros y privilegios, pero Cataluña perdió todo su poder en la Generalitat y las cortes, controladas ahora por la monarquía. Mientras la unidad de la Corona Española quedaba intacta, Alemania se dividía en decenas de territorios dentro del imperio con soberanía de facto, que se mantendrían hasta mediados del s. XIX. Como en otras tantas ocasiones, la estabilidad entre los pueblos de España había determinado la suerte de Europa.

El mismo Gerald Brennan escribiría en su libro El laberinto español: "¿No es España, después de todo, el país en que la Historia -y de qué monótona manera- se repite una y otra vez?".

50 años más tarde la historia de occidente se volvería a escribir en España, y sufriendo los mismos errores. Una guerra dinástica por el trono español sin descendencia provocaría otra guerra mundial, la Guerra de Sucesión. Y de nuevo, la disgregación de nuestros pueblos en alianzas extranjeras buscando concesiones en América y privilegios de gobierno, romperían la molécula de España quedando ya herida para siempre. En este caso, aunque las alianzas se repartieron por toda la España, especialmente los reinos de la Corona Aragonesa se aliarían con Inglaterra y los germanos en una guerra en la que España tendría ahora a Francia como aliada.

La destrucción fue enorme, y Cataluña de nuevo se convertiría en campo de batalla contra tropas extranjeras. La paz de Utrecht de 1713 terminaría la guerra y en ella se firmaría la perdida de prácticamente el total de las posesiones españolas en Europa.

Como siempre quiso hacer la historia, España tendría el honor de abrir un nuevo capítulo de la historia de Occidente. Gran Bretaña aparecía como vencedora del conflicto, y en Utrecht firmaba con España la base de la supremacía futura del Imperio británico

Con el final de la Guerra comenzaría también el absolutismo Borbón en España, y la aplicación de medidas centralizadoras a la imagen de Francia. Felipe V aboliría los fueros y privilegios de todos los reinos de la Corona Aragonesa, y eliminaría sus instituciones. Aplicaría el catastro, un impuesto que trató de equilibrar el nivel de impositivo en toda España que hasta ahora sufrían exclusivamente los castellanos, eliminaría los aranceles entre reinos, y más tarde, Carlos III abriría el puerto de Barcelona al comercio con América. Además se efectuó la tan aclamada reestructuración agraria, se apoyó la industria y se construyó un volumen importante de obra pública.

Por más que se quiera criticar a los Borbones, España pedía a gritos la aplicación de esas medidas, y el absolutismo se extendería por toda Europa continental. Con ellas lograron un nuevo periodo de esplendor económico atendiendo al comercio americano que hasta entonces estaba casi por explorar, y la mayor beneficiada de esos cambios fue Cataluña, que sitúo a Barcelona como uno de los mayores puertos comerciales del mundo, desarrollando la industria textil más importante del Mediterráneo.

Mientras el s. XVIII observaba como el imperialismo británico creaba el imperio y estado más extenso de toda la historia, conquistando Oceanía, Asia desde la India hasta Malasia, Hong Kong y diversos territorios africanos, España sería la única potencia capaz de hacer frente a las arremetidas inglesas en América.

Felipe V había logrado derrotar a Gran Bretaña en la  Batalla de Cartagena de Indias en 1741, la acción naval más grande de la historia de la marina inglesa, y la segunda más grande de todos los tiempos después de la Batalla de Normandía. La derrota fue tan colosal que se censuraría en los medios ingleses. El mismo rey recuperaría Nápoles y Sicilia para España. Más tarde, Carlos III en su alianza con Francia en la Guerra de la Independencia de los EE.UU, frenaba el expansionismo británico en América debilitando enormemente a Gran Bretaña. España recuperaría de manos inglesas Menorca, y las colonias perdidas en la Guerra de los 7 años de Florida y la costa de Honduras, y mantenía Filipinas. Carlos IV rechazó igualmente los ataques británicos en la zona del Río de la Plata (Buenos Aires y Montevideo). La influencia de España en Europa había perdido peso con respecto a Francia, Inglaterra o Austria, pero su imperio en América aún le permitía ejercer una influencia notable en Occidente, manteniendo la flota más importante del mundo y la moneda más fuerte.

El siguiente episodio de inestabilidad política y guerra que se viviría en España no vendría de una supuesta ineficacia de los gobiernos Borbones, o de la pérdida de poder hegemónico, sino de la constatación de la ineficacia de un sistema de gobierno.

El cambio de siglo implicó una importante crisis que demostraba que el Antiguo Régimen no permitía estructuras que abasteciesen el aumento demográfico que se había producido. La rigidez y opulencia de las monarquías absolutas, especialmente en Francia y España endeudadas por la guerra contra Gran Bretaña, y castigadas por el hambre y la pobreza de las malas cosechas, chocaban contra una burguesía cultivada que ya no se conformaba con el poder económico y requería también el político. Junto a un campesinado que había exacerbado sus ánimos, se dieron todas las condiciones para iniciar en 1789 la Revolución Francesa y deshacerse de sus reyes.

Durante 71 años Francia pasaría por una república, imperio y monarquía constitucional  hasta que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte. A pesar de que Napoleón ejerciese el mismo poder absoluto de los reyes, se convertiría en estandarte de las ideas de la Revolución Francesa. El ideal ilustrado del “todo por el pueblo pero sin el pueblo” se extendería por toda Europa.

El carácter católico y el apego al Antiguo Régimen, serviría al clero español para mantener un consenso social contrarrevolucionario en España. La monarquía absolutista de Fernando VII se deshizo de los consejeros ilustrados, pero en los tradicionales Pactos de Familia con Francia, decidió apoyar a Napoleón en su guerra contra Inglaterra, lo que llevaría a la perdida de la mejor parte de la Marina española en la Batalla de Trafalgar. Aún con este contratiempo, el gobierno permitió el paso por España a Napoleón para la conquista de Portugal, lo que le permitiría ocupar varias plazas españolas.

La tradicional aversión a Francia, y la emergencia de un sentimiento nacional en torno a España en todos sus pueblos, hicieron levantarse a todos los españoles contra las tropas napoleónicas, a pesar de las simpatías de ilustrados hacia los ideales de la Francia liberal. Aún cuando Napoleón en el 1810 ofrecía a Cataluña su independencia, y la senyera colgaba del balcón de la Generalitat, los catalanes hicieron caso omiso y continuaron luchando junto al resto de sus compatriotas españoles contra las tropas francesas.

En una carta, Jose I escribiría a su hermano Napoleón: "Tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas, enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el dos de mayo fue odioso. No, sire. Estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España”.

El sentimiento patriótico español inventaría la guerra de guerrillas para luchar contra ejércitos más fuertes, y a imitación de España, un gran movimiento patriótico se producía en Rusia y posteriormente en Alemania. La explosión del sentimiento nacional alemán determinó la resolución de los soberanos. Prusia, Rusia, Inglaterra y Suecia se unían contra Napoleón.

En el 1812 se firmaría la primera constitución española, “La Pepa”, con la aprobación de varios políticos catalanes, y dos años más tarde terminaría la guerra de la independencia española.

La Constitución de 1812 fue una de las más liberales de su tiempo, y serviría de inspiración para otras muchas constituciones que nacerían en Europa después. Establecía la soberanía en la Nación (ya no en el rey), la monarquía constitucional, la separación de poderes, el sufragio universal masculino indirecto, y equiparaba los derechos de los ciudadanos de sus colonias a los de la península.

España cerraba un nuevo capitulo en la historia de Occidente, dando fin al Antiguo Régimen, e iniciando el camino para instaurar un nuevo Régimen Liberal en toda Europa. Desde entonces la Nación ya no se sustentaría en un rey, sino en la voluntad de los pueblos de estar unidos.

Aquella constitución solo duraría dos años, y España se convertiría en un pequeño espejo de Europa fuera de ella. Aislada en sí misma, el pequeño mundo de España reproduciría con sus tensiones, revoluciones y guerras los mismos procesos que se darían en todo Occidente. Y cumpliendo el papel que quiso darle la historia, España guiaba al mundo abriendo un nuevo capítulo en ella.

La revolución liberal de 1820 en España, aboliendo los últimos seis años de gobierno absolutista de Fernando VII, y dando paso al Trienio progresista, daría lugar a todo un ciclo revolucionario en Europa. Revoluciones semejantes se repetirían en Portugal, Italia y Grecia, y más tarde, la revolución de 1830 en Francia, junto con la que se produciría en Bélgica obteniendo su independencia, acabarían con sus respectivos gobiernos absolutistas. El ciclo revolucionario continuaría con las revoluciones de 1838 de corte liberal-nacionalista en Centro-Europa buscando la disolución de sus monarquías absolutas y la unificación de sus estados, que al final del proceso desembocarían en el nacimiento de nuevas naciones como Alemania, Italia, Austria, Hungría, Bohemia, etc, a través de la unión de los estados soberanos en los que hasta entonces se dividían los territorios italianos, el imperio Austriaco y el Prusiano.

Del mismo modo que Europa continental vivía un proceso anárquico en el que los sectores conservadores absolutistas chocaban con movimientos revolucionarios de obreros y burgueses, intercambiando Republicas, monarquías parlamentarias y gobiernos absolutos una y otra vez; en España, monarquías parlamentarias gobernadas por liberales moderados se sucedían por gobiernos progresistas y republicanos a base de golpes de Estado y sufragios amañados.

Un mundo nuevo se hacía a base de pólvora. La guerra Franco-Prusiana daba lugar al Imperio Alemán, y a la Tercera República Francesa. Se producía la guerra de la independencia de Grecia, y las guerras de independencia italianas, a la vez que toda America se independizaba en guerras contra España bajo el ideal liberal de nación y el precedente de EE.UU. Y mientras tanto, en España, guerras carlistas buscando reinstaurar las estructuras del Antiguo Régimen, alentadas por un clero reaccionario en contra de las desamortizaciones de la Iglesia, y una población rural ultraconservadora en añoranza de sus fueros, hacían nacer el germen del nacionalismo vasco y catalán.

El nacionalismo romántico basado en la mitología de los pueblos, en la historia y en la raza, forjaba en Europa nuevas naciones llenas de orgullo, cuyo principal objetivo era recuperar su influencia en el mundo. Se había de arrebatar al Imperio Británico una hegemonía de dos siglos, lograda mediante una antigua monarquía parlamentaria que había sido ajena a los procesos revolucionarios de Europa Continental, y que había dado lugar a una revolución industrial y una expansión colonial de tal calibre, que una cuarta parte de la población mundial, y una quinta parte de las tierras emergidas, la proveían de suficientes materias primas para convertirla en la fábrica del mundo.

Y el mismo nacionalismo romántico, precursor de los futuros fascismos, que en Europa creaba nuevas potencias contra una Gran Bretaña hegemónica, pretendía crear ahora nuevas naciones en las regiones industriales de España, en contra ahora, de una Castilla que languidecía en la pobreza, reducida a enormes latifundios de tierra.

A finales de s. XIX, el nacionalismo romántico cultural crea partidos políticos nacionalistas en País Vasco, Cataluña, Andalucía, y movimientos nacionalistas populares de izquierda comienzan a extenderse por todo el territorio nacional. En poco tiempo una ideología claramente xenófoba y racista, impregna a todas las regiones de España, del mismo modo que lo hace en Europa.

Sabino Arana, creador del PNV, de la Ikurriña e incluso del nombre de Euskadi, escribía frases como: «El roce de nuestro pueblo con el español causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de inteligencia, debilidad y corrupción de corazón, apartamiento total, en una palabra, del fin de toda humana sociedad”.

Del mismo modo, Prat de la Riba, el artífice del catalanismo político, a finales del XIX decía que la «castellanización» de Cataluña sólo es «una costra sobrepuesta, una costra que se cuartea y salta, dejando salir intacta, inmaculada, la piedra indestructible de la raza”.

Y desde una Castilla derrumbada, Canovas del Castillo se quejaría de que "Son españoles los que no pueden ser otra cosa."

La Primera República Española (1873-1874) tendría que hacer frente a la revolución cantonal, un conjunto de levantamientos anarquistas protagonizados por la pequeña burguesía que independizaba en cantones ciudades como Cartagena, Valencia, Murcia, Ávila, Salamanca, Toledo y Extremadura, que pretendía su anexión a “Lusitania”. En Cataluña también se suceden diversos intentos separatistas.

El mismo nacionalismo que agitaba a un buen número de regiones en España, llevaría a las potencias europeas a iniciar una carrera por colonizar y esclavizar a toda África. Se comienza a arrebatar un mercado a Gran Bretaña que hasta 1870 mantenía el 30% de toda la producción industrial mundial.  EE.UU. y el Imperio Alemán desarrollan una importante industrialización, y los alemanes acaban sobrepasando a los británicos en el sector textil y el del metal. El Reino Unido perdía no sólo los mercados de los países que se industrializaban, sino también comenzaba a perder su hegemonía en zonas como la India, China, América del Sur y las costas de África.

Mientras tanto, la corrupción se había hecho el medio de gobierno en España, desarrollando una red ferroviaria poco productiva que, junto a las guerras carlistas y los fracasos de las expediciones en Marruecos, endeudarían España hasta llevarla a la bancarrota. No hubo forma de poner de acuerdo a terratenientes castellanos y valencianos buscando políticas aperturistas de mercado, contra una oligarquía catalana y vasca que exigía la protección del mercado español. Y el deseo de limitar la autonomía de las colonias americanas para asegurar la explotación de sus productos, provocaría la pérdida de todas ellas a fin de s. XIX. España vendería a los ingleses la mayor industria siderúrgica de Europa, situada en Andalucía, y como el resto de potencias, cerraría su mercado al mundo. España mantendría una industria poco competitiva en un mercado protegido, que hasta mediados del s. XX. la convertiría en una de las economías más aisladas del mundo.

El problema del declive español no sería una falta de industrialización que sufría toda Europa, excepto Gran Bretaña, hasta finales del s. XIX. Ni mucho menos una falta de sentimiento revolucionario en el que España fue precursora. El problema era la falta de una idea común compartida por todos los españoles que los mantuviese unidos en la decadencia del cambio del Régimen. España, al igual que Europa, no sabía lo que quería ser, en un enjambre de movimientos marxistas, liberalismo económico y un acuciante fascismo que llenaba de orgullo a sus pueblos. Y lo mismo que rompería a España, acabaría rompiendo Europa.

La inestabilidad política que se dio en España sería preludio de lo que acontecería en el mundo. Una violencia creciente desde finales de s. XIX, se incrementaría a principios del XX, y llevaría a la quema de Iglesias y conventos por parte de movimientos anarquistas y comunistas, y a la declaración del estado de sitio en toda España tras la Semana Trágica de Barcelona. La agitación social llegaría a su punto álgido con un incremento de la presión regionalista en Cataluña, junto con el trienio bolchevique en Andalucía, y los años del plomo en Barcelona, finalmente provocando el estallido de la crisis de 1917.

Del mismo modo, en Europa la creciente tensión entre las potencias por la expansión colonial, provocaría la Primera Guerra Mundial en 1914, llevando a la muerte a más de 9 millones de combatientes hasta firmar la Paz de Versalles en 1918.

Dicen que una comisión de políticos catalanes, que creía ver en los Catorce Puntos del presidente Wilson la confirmación de sus derechos nacionales, intentaron captar interés hacia el problema catalán en la conferencia de Versalles. Posiblemente por saber del coste en sangre que conlleva hacer naciones, obtuvieron del jefe de gobierno francés, George Clemenceau, un rechazo despectivo:  "Pas d'histoires, Messieurs!".

1917 daría lugar también a la revolución bolchevique en Rusia, que provocaría una cruel guerra civil que acabaría con el gobierno de los zares instaurando una Rusia bajo un régimen autoritario comunista de un único partido. En 1922, la guerra, el hambre y el tifus había provocado millones de muertes en toda Rusia despoblando todo el territorio.

La inestabilidad y violencia en España se mantendría hasta 1923, en que un golpe de estado consentido por Alfonso XIII instauraba la dictadura de Primo de Rivera, con el apoyo desde la burguesía catalana hasta la UGT de Largo Caballero, mientras los partidos dinásticos aceptaban la suspensión de la Constitución.

Bismarck diría: "España es el país más fuerte del mundo, los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido."
 
Pero, aún tras un periodo de paz tanto en España como en Europa, las tensiones no solo no se disiparían, sino que se recrudecerían aún más.

Los primeros vestigios de la Gran Crisis de los años 30 desbancarían del poder a Primo de Rivera en 1930. Un año más tarde se proclamaba un gobierno provisional republicano y al mismo tiempo Maciá proclamaba el “Estado catalán”, con la intención de integrarlo en la “Federación de Repúblicas Ibéricas”. Aquella confusa situación se disipaba en tres días con el compromiso del nuevo gobierno de Alcala-Zamora de convocar unas Cortes Constituyentes con un estatuto de autonomía para Cataluña. Con la constitución de 1931 se hacía efectiva la Segunda República Española.

Pero la Republica sería incapaz de contener la violencia de movimientos anarquistas, obreros y fascistas propios de la primera mitad del s. XX. Y en la misma línea, la paz pactada en Versalles a expensas de la derrotada Alemania, la obligaría a asumir unas condiciones verdaderamente bochornosas en plena crisis económica, acuciando aún más los deseos de venganza de una población alemana que ahora se sentía humillada. El radicalismo fascista y comunista se extendería por toda Europa.

Huelgas de obreros y levantamientos violentos obligarían a la proclamación de nuevas elecciones en España en 1933. Los resultados dieron una mayoría de escaños a la CEDA, un partido conservador de corte fascista, y al partido radical de Lerroux. Se formaba un nuevo gobierno de radicales con tres ministros de la CEDA, que frenaría la ley de reforma agraria y una ley de la Generaliat. Esas medidas provocaron la insurrección de octubre de 1934, todo un espectro de levantamientos anarquistas y comunistas, junto con la proclamación por parte del gobierno catalán, en manos de la ERC de Companys, del Estado Catalán dentro de la República Federal Española. Ese estado catalán duró menos de 9 horas, encañonado por Lerroux, y la revuelta fracasó en toda España excepto en Asturias, donde los mineros serían finalmente reprimidos por el ejército africano al mando del General Francisco Franco.

Un escándalo de corrupción sería la gota que colmaría el vaso para hacer caer al gobierno, provocando otro adelanto electoral, en el que saldría ahora escasamente victorioso el Frente Popular, un partido que aglutinaba a todos los partidos antifascistas al modo de Francia. Aún con un gobierno que aglutinaba a toda la izquierda española, la violencia se incrementaría en levantamientos anticlericales quemando iglesias y asesinando religiosos, y decenas de muertos en manifestaciones y contra-manifestaciones de uno y otro signo que acabarían con la vida de un teniente de la guardia de Asalto. Y en venganza se intentaría asesinar a Gil-Robles, acción fracasada que acabaría con el asesinato del monárquico y antiguo ministro de Hacienda, Calvo-Sotelo.

La República se hizo ingobernable por la radicalización de las posturas de todos los sectores sociales, hasta desencadenar el golpe de Estado fascista en España y el inicio de la Guerra Civil española. Finalizaba tras 3 años de cruel guerra en 1939, iniciando la dictadura fascista del General Franco hasta su muerte en 1975. Alrededor de un millón de personas morían a causa de la guerra.

Y si los españoles no se entendieron, tampoco lo hicieron nuestros vecinos europeos. La escalada de los partidos fascistas en Alemania e Italia, iniciaban al tiempo que terminaba la guerra en España, la Segunda Guerra Mundial, hasta su fin en 1945. Cerca de 70 millones de personas morirían en el mundo, testigo de algunas de las mayores atrocidades que nunca antes había conocido la historia.

De nuevo en España se comenzó a cerrar otro capítulo de la historia de Occidente, posiblemente el  más negro y triste de esta.

Europa desde entonces se dividiría en dos bloques de vencedores en la guerra. Uno de gobiernos autoritarios comunistas en el Este bajo la influencia de Rusia, y otro de gobiernos democráticos capitalistas y dictaduras hispanas en su parte occidental, bajo la influencia de EE.UU. Paradójicamente, el antiguo enemigo fascista sería asimilado bajo influencia estadounidense, en un bloque que ahora rivalizaba contra un antiguo aliado de guerra, los estados soviéticos. España mantendría aún su influencia en ese sub-bloque hispano de gobiernos dictatoriales que gobernarían en la Península Ibérica (España con Franco y Portugal con Salazar) y buena parte de América Latina, en países como Chile, Bolivia, Argentina, Ecuador o Venezuela, a mediados de siglo bajo beneplácito de EEUU.

A excepción de la Península, el resto de gobiernos fascistas desaparecerían de Europa tras su derrota en la II Guerra Mundial. España se convertiría en un país democrático a imagen del resto de potencias europeas 38 años más tarde, cuando en 1978 se refrendaba entre todos los españoles una Constitución que reinstauraba los antiguos fueros vascos, y la Generalitat de Cataluña, dándoles más competencias que las que habían tenido antes en 300 años.

Alemania permanecería dividida en los dos bloques de influencia rusa y americana hasta la caída del muro de Berlín en 1989, y en 1990 se disolvería la URSS, dando lugar a la independencia de sus antiguas repúblicas soviéticas.

La transición española hacia un Estado plenamente democrático sirvió de garante a otros muchos otros países latinoamericanos y ex-soviéticos para iniciar sus respectivos procesos democráticos. España no dejaría nunca de cumplir el papel que a ella le quiso otorgar la historia, el de cerrar y abrir nuevos capítulos en ella.

De nuevo hoy, en ese místico capricho de la historia, parece que España esté destinada a cerrar un nuevo capítulo de ella.

Ese país del que Brennan explicaba que repite su historia de “monótona manera”, en los albores del s. XXI vuelve a presentar las mismas corruptelas que ya nos han llevado a ocho bancarrotas en la historia. Los casos Filesa o Roldan del PSOE, o la trama Gurtel o caso Bárcenas del PP, o los casos del Palau o Pujol en la Generalitat, aparecen como una repetición cíclica en nuestra historia. Un ciclo vicioso que continua en el tiempo la corrupción de los validos de los reyes y nobleza catalana del s. XVII, las corruptelas de los políticos liberales de mediados del s. XIX, o el escándalo del estraperlo y el asunto Nombela (1935) del gobierno republicano de Alejandro Lerroux

Y de nuevo, un movimiento social revolucionario se produce en España, ahora con las siglas del 15M. En esta ocasión sin violencia, miles de personas se concentran en todas las capitales de provincia de España, gritando contra la corrupción de los políticos y la avaricia de los mercados. Y el movimiento se extiende por todo el mundo uniendo en sus lemas a Londres, París, Berlín, Bruselas, Lisboa, Atenas, Tel Aviv…

Siguiendo el manual que ofrece la historia, si España comienza a arder Cataluña echa la leña desde dentro. Y las palabras de Ortega y Gasset se convierten en leyenda:"El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar". 


Cómo se ha acostumbrado a hacer desde hace siglos, Cataluña anda buscando una solución unilateral para paliar su crisis, echando la culpa a España y atacándola como si fuese una entidad ajena a ella. Y como ya lo hicieron antes los nobles tarraconenses con los árabes, o el president en cap Pau Claris con los franceses en la Guerra de los Treinta Años, o los brazos catalanes con los ingleses y alemanes en la Guerra de Sucesión, los políticos catalanes de hoy buscan aliados a su causa contra España en las potencias extranjeras. Si estos políticos leyesen historia, sabrían que esas alianzas contribuyeron en el pasado a la destrucción de Europa, de España y dejaron el paisaje catalán desolado tras la traición de esos nuevos socios. 

España ya tiene a Occidente observando, para ver qué es lo que funciona en nuestro campo de pruebas. 

No podemos predecir que nos deparará el futuro, si un partido como Podemos será una nueva ola de populismo en Europa o por el contrario implicará una regeneración de nuestro Estado precursora de una nueva forma de democracia en Occidente. 

Desconocemos cuál será el desenlace con respecto a Cataluña, aunque más vale que la historia no respete los malos augurios. 

Una secesión pacífica en Cataluña podría ser desencadenante de una nueva Europa de cientos de pequeños estados, centralizados en un gobierno europeo. No resulta muy atractiva la idea, si esa es una división de estados ricos y pobres con su soberanía sometida a los mercados. 

O quizás mantener a Cataluña dentro de España, en un sistema con mayor autonomía fiscal y autogobierno, sea fórmula para la unión de otras naciones que formen mayores Estados, en una Europa con un poder central más organizado. Viene a la idea esa corriente Iberista de Menéndez PelayoMiguel de Unamuno  y Oliveira Martins, para integrar Portugal en Iberia, algo que por cierto, siempre gustó a Francesc Maciá, un conocido político catalán republicano.

Sea lo que sea, España está cerrando y abriendo un nuevo capitulo de la historia, que a un servidor ya no corresponde seguir escribiendo.


Rafael Gallardo Martín ©